domingo, 12 de mayo de 2013

Acompañar Bien

ALGUNAS PISTAS PARA ACOMPÁÑAR BIEN EN EL DOLOR Y LA PÉRDIDA Mar Cortina y Agustín de la Herrán Muchas personas se encuentran desorientadas cuando en su entorno aparece la enfermedad, el sufrimiento, el dolor, la pérdida o la muerte. Confiamos poco en nuestra capacidad de saber estar con otro que sufre y a veces, evitamos el encuentro por esa desconfianza, dejando al otro en soledad. Saber estar al lado de las personas que sufren por el motivo que sea es ganar en humanidad. Para situarnos en un mismo terreno de significado de las dos principales palabras que dan título a este escrito, nos gustaría hacer una breve aclaración sobre el sentido de Acompañar y de Bien. Empecemos por el primero: entendemos el hecho de Acompañar, como el hecho de estar junto a, o sea, dar compañía. Quedémonos con esta sencilla definición porque conforme avance el artículo veremos cómo hemos ido sofisticando este sencillo concepto, aunque a veces muy difícil de aplicar. Sigamos con el segundo: hacerlo bien significa estar dando una respuesta adecuada a las necesidades de la persona a la que acompañamos o ayudamos. Una vez aclarados estos dos términos, sigamos con las elucidaciones. ¿En qué momentos es necesario un acompañamiento? En los casos de diagnóstico de enfermedades graves, crónicas e incurables de personas queridas ya sean amigos o familiares; en los casos de pérdida y muerte, entendiendo como pérdida cualquier situación que nos cambia la vida de manera irreversible, por ejemplo, una separación de personas queridas por cambio de país o residencia, también un divorcio es una pérdida de nuestra anterior vida o un cambio en nuestra vida laboral como es la pérdida del empleo. Y por último en casos de muerte donde el acompañamiento es para las personas que viven la ausencia y el duelo. En todos estos casos, es importante estar acompañados, sabernos acompañados, así los sentimientos que surgen están amortiguados por el hecho de compartirlos, de ahí la importancia de hacerlo bien. Pudiera surgir el pensamiento de “mejor estar solo cuando estoy triste” en algunos lectores y en cierta manera, lo compartimos pero consideramos que lo ideal es poder elegir estar solos cuando lo deseemos y estar acompañados cuando lo deseemos. En la soledad, los sentimientos aparecen desnudos y a veces son desgarradores, también hemos de decir que en la soledad, las comprensiones aparecen con más claridad y consideramos de vital importancia los momentos de compañía con uno mismo, los momentos de introspección y esos momentos de silencio que cada uno gestiona como buenamente puede. PERCEPCIÓN “Tratar, no de interpretar sino de mirar hasta que la luz se haga. en la percepción sensible, cuando uno no está seguro de lo que ve, se mueve de lugar sin dejar de seguir mirando” (Simone Weil) Para empezar a acompañar conviene hablar de Percepción, de la percepción sensible y amplia de uno mismo, del otro y de la situación. Percibir, captar al otro, lo que necesita, lo que está pidiendo sin decirlo verbalmente, lo que su mirada deja entrever, hacernos sensibles a sus necesidades y demandas es verdaderamente necesario si queremos que el otro se sienta bien acompañado. También y al mismo tiempo, a las nuestras, para poder compaginarlas y que la transacción se produzca para beneficio de todos los implicados, los acompañantes y los acompañados. Es frecuente en nuestra cultura el “desvivirse” por el otro cuando está enfermo o está en una situación de pérdida o de dolor, como si fuera un precepto. Desde nuestro punto de vista, este “desvivirse” tiene algunas consecuencias que no danzan bien con el concepto de acompañar bien y estas son: Si nos “desvivimos” por el otro, quiere decir que estamos dejando de vivir nuestra vida habitual, estamos haciendo sacrificios para poder estar con esa persona y eso le deja al otro en deuda afectiva y a nadie le gusta tener deudas ni afectivas ni de las otras. Si no sabemos el tiempo que va a durar la situación que requiere acompañamiento, lo conveniente es mantener las fuerzas por si fueran necesarias en otro momento, repartir el tiempo de acompañamiento y los cuidados entre las personas implicadas, no hacerse el héroe o la heroína porque por más que queramos a esa persona no le hacemos ningún favor haciéndole sentir que estamos perdiendo nuestra vida por ella. Consideramos que se puede acompañar bien y a la vez, realizar nuestras actividades nutritivas habituales, esas que nos dan sentido, fuerza y alegría, esas actividades que nos alimentan para poder seguir nutriendo nosotros a quien lo necesite y ahí cada uno tiene las suyas: leer, salir de fiesta, correr, ir al cine, pintar, escribir, caminar por la montaña, bailar, etc. Por tanto, se hace necesario sensibilizar y afinar nuestra percepción para saber cuándo y cómo el otro nos necesita y cuándo y cómo podemos ofrecerle una compañía de calidad. Y eso se llama Respeto. RESPETO “Ante todo, respetáos a vosotros mismos” (Pitágoras de Samos) ¿Qué entendemos por una compañía de calidad? Aquella que hacemos cuando realmente queremos hacerla y con la menor obligación y sacrificio posible. Aquella en la que cuando estamos con la persona que nos necesita, estamos siendo nosotros mismos y no marionetas que repiten cantinelas culturales o mentiras que no establecen ninguna comunicación como pueden ser, entre muchas: “Te veo bien, tienes buen aspecto” cuando el otro está esquelético y palidísimo o “Todo irá bien, no te preocupes” cuando la situación es definitiva. Una situación de dolor físico o emocional requiere la actuación de nuestro mejor yo y ése no es el que actúa sin pensar ni sentir, utilizando predeterminaciones personales, sociales, culturales, etc., transformadas o degradadas a muletillas. Esto significa que solemos responder egocéntricamente, o sea, sin conciencia sensible, sin pensar desde el otro, sin creatividad y mecánicamente, es decir, para salir del paso y eso, no ayuda ni acompaña a nadie, al revés, le deja más solo. Por eso la importancia de nuevo de hacerlo bien. Si admitimos esto, su corrección, su mejora o su evolución se basaría en otra respuesta articulada en un menor egocentrismo y por tanto basada en un incremento de generosidad y conciencia aplicada al conocimiento de la situación, de uno mismo y del otro. Así que lo primero es darnos cuenta de que nuestra respuesta proviene de un anclaje o nudo cultural o social, una reacción frecuente a este “darse cuenta” es el comentario de “pero entonces ¿qué hago?” Nuestra respuesta es “nada, no hagas nada” ¿Qué quiere decir “no hagas nada”? Cuando descartamos las muletillas, las respuestas convencionales y estándares estamos en la mejor posición para vivir la situación de una manera creativa y auténtica que el otro agradecerá sobremanera. Quedarnos sin anclajes evitará aconsejar o decir al otro lo que le conviene: “Haz esto”, “Haz lo otro”, “Vete a tal sitio”, “Léete aquello...”. “Lo que te conviene es...”, “Habla con...”, etc. Ni hablar de aquellas personas que para consolar -o para llenar el espacio comunicativo- utilizan sus propios ejemplos de dolor o pérdida: “Pues yo...”. No utilizar lo consabido nos lleva a crear una situación única donde dos personas se dan compañía de la mejor manera que pueden en ese momento, sin consignas, sin preceptos, siguiendo su corazón, su percepción sensible y no sólo su cabeza. Esa manera auténtica puede incluir el comentar cómo nos sentimos sinceramente, o un “no sé qué decir” o el silencio, tan lleno a veces. No nos hemos educado en el silencio y por eso, llenamos los momentos de palabras como si estas nos salvaran, pero en los casos en que hay sufrimiento unas palabras utilizadas al tuntún pueden hacer más mal que bien. No hay palabras que consuelen. Hay actos que alivian, acompañan y ayudan. Los actos más silenciosos, anónimos y cotidianos suelen dar más alegrías que los discursos complacientes. En resumen, solemos empeñarnos en emplear sustentáculos y la respuesta certera a toda costa para actuar del mejor modo posible. Pero hemos de considerar que quizá no haya un mejor modo posible estándar aplicable a quien tenemos delante, que no quepa generalizar en ningún caso. No hay recetas cerradas para esas situaciones. Pero sí hay orientaciones flexibles para vivir y compartir la situación y estas orientaciones son las que estamos intentando reflejar aquí. Así pues, el comienzo del proceso no está compuesto de respuestas, sino de buenas preguntas. Quizá no debamos preguntarnos: “¿Cómo actuar en esa situación?”, sino “¿Qué necesita esta persona concreta en esta situación concreta?”. Solemos tener poca confianza en nuestra propia capacidad de acompañar. Acompañar al otro desde esta perspectiva equivale a dejarse llevar, sin pensarlo demasiado, desde dentro, porque el proceso se ha colocado en función de la persona y de sus necesidades, según la circunstancia y lo que el momento nos indica, según la situación, incluso según nuestra personalidad..., pero colocando en el centro al otro y desde una buena y profunda escucha de uno mismo. Los esquemas previos y las muletillas evitan la empatía de calidad, interfieren la observación directa y distorsionan la escucha de su necesidad. Para poder hacer todo esto que sugerimos se necesita un entrenamiento cotidiano de autoobservación, de sensibilidad, de presencia y de atención. PARA SEGUIR APRENDIENDO LIBROS 1. En “EL ARTE DE ACOMPAÑAR” de R. Goyeneche y M.T. Piccinini (Letra Viva Editorial) encontraremos el hacer del Acompañante como una práctica creadora 2. En “GRACIA Y CORAJE” de Ken Wilber (Gaia) leeremos el acompañamiento que el autor hace a su mujer cuando ésta es diagnosticada de cáncer PELÍCULAS 1. “AHORA O NUNCA” (The Bucket list) de Rob Reiner (2007), protagonizada por Jack Nicholson y Morgan Freeman vemos cómo un mismo diagnóstico terminal une a dos personas de diferente clase social que deciden realizar sueños pendientes antes de morirse. 2. “IRIS” de Richard Eyre, protagonizada por Judi Dench, Jim Broadbent y Kate Winslet cuenta la batalla de la escritora Iris Murdock contra el Alzheimer y cómo le acompaña su marido

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