sábado, 8 de junio de 2013

PRESENTACION

La educación tiene a cargo la formación integral del individuo, ayudándole a ser mejor persona, mediante el desarrollo de sus potencialidades y a través de la búsqueda de la respuesta a sus dudas existenciales y personales que le permitan participar de un proyecto de desarrollo social con los demás y contribuir de esta manera a la construcción de una sociedad más justa y profundamente democrática. Creemos que compartir la experiencia de la enfermedad, el sufrimiento, las pérdidas y la muerte, de una forma serena en la educación, contribuye a esa formación integral de la persona.
Desde esa premisa se ha confeccionado este artículo. Por no poder eludir la certeza de un final desconocido, la muerte se erige como pregunta vital. El límite de la muerte condiciona el sentido de toda la vida, que hay que construirlo y para ello hay que tomar conciencia de la muerte, la propia y la de los seres queridos.
Es útil que los educadores aprendamos a acompañar al alumnado cuando este debe afrontar situaciones de duelo. Pero antes que eso, es necesario poder hablar de la muerte liberándonos de ciertos prejuicios y miedos, que aunque comprensibles, a veces no tienen razón de ser.
Abordar la pedagogía de la muerte con propuestas anticipadoras a una posible situación de duelo, puede ayudar a construir mejor el sentido de la vida, porque de esta manera nos hacemos conscientes de nuestra fragilidad, es decir, existimos por azar, podríamos no haber existido.
Estas reflexiones no son nuevas. La muerte ha sido, es y será un tema perenne sobre el que el hombre se ha cuestionado desde sus orígenes. Lo que sí pudiera ser nuevo es llevarlo al campo de la educación de una manera laica y normalizada en un momento sociohistórico donde se enaltece lo joven, lo sano, el éxito y el confort y, en consecuencia se rechaza la vejez, el deterioro físico, el sufrimiento y el morir. Cultivar sólo una de las caras de la vida está teniendo resultados poco favorables para el ser humano y para el planeta que habita. Quizás educar en la vida y en la muerte pueda hacer una pequeña, pero importante, contribución a ajustar ese desequilibrio, considerando que el valor de una cultura se verifica en sus actitudes ante la vida y, como corolario, ante la muerte.
Desde nuestro punto de vista, si partimos de la base que la educación es formación, poder hablar de la enfermedad, de las pérdidas y de la muerte en los centros educativos y en las familias es proveerles de una perspectiva más cierta e intensa de la vida, es dotarles de recursos existenciales para cuando suceden las “pequeñas muertes”: rompimiento de la familia, fallo de la salud, decepción amorosa, fracaso escolar, etc. A nuestro entender se trata de normalizar, es decir, ofrecer el espacio y el tiempo para que los alumnos se expresen en momentos de sufrimiento, dolor o fracaso. Con respeto y cuidado, con sinceridad y honestidad permitiendo la expresión y el hecho de compartirlo, les garantiza un espacio cálido y seguro para que elabore lo sucedido según su madurez sintiéndose acompañado/a. Desde esta perspectiva ante los diferentes comentarios de los alumnos intentaremos no evadir, ignorar, censurar, descalificar ni desvirtuar cualquier manifestación emocional, existencial o trascendental del niño/a. No se trata de añadir contenido curricular al trabajo cotidiano de los educadores, se trata de ofrecer a niños y adolescentes el acompañamiento que merecen cuado viven experiencias vitales que implican determinadas pérdidas.
En el momento histórico que vivimos se ha llegado a situaciones muy extremas de desigualdad y violencia. Aprovechemos este aparente desmoronamiento para lanzar propuestas y acciones que reedifiquen este mundo desde otras bases: El respeto, el amor y el compromiso. Una de esas propuestas es no desterrar el sufrimiento, las pérdidas y la muerte de los centros educativos ni de la sociedad, darles el espacio digno que se merecen como condicionantes de nuestra vida para enriquecernos y fortalecernos moralmente, para no sentirnos solos y desorientados, para adquirir una solidez vital, emocional y cognitiva que nos permita afrontar retos, desafíos, desengaños, pérdidas,...para mantener siempre ese espíritu crítico, indagador y buscador que la educación debiera tener como finalidad.
Las siguientes propuestas pretenden ofrecer a los educadores recursos para reflexionar y hablar sobre la experiencia de la finitud y descubrir los valores que esta puede generar

1 comentario:

  1. Quizas el verdadero reta seria mas de una "reeducacion" mas que una educacion, la primera nos permitiria romper los tabues hacia la muerte y ademas nos permitiria construir "puentes" personales y progresivos hacia el fallecer

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