sábado, 2 de mayo de 2015

EDUCAR PARA LA VIDA Y LA MUERTE

LA EDUCACIÓN PARA LA VIDA Y PARA LA MUERTE La educación tiene a cargo la formación integral del individuo, ayudándole a ser más persona, mediante el desarrollo de sus potencialidades y la búsqueda de la respuesta a sus dudas existenciales y personales, que le permitan participar de un proyecto de desarrollo social con los demás y contribuir de esta manera a una sociedad más justa y profundamente democrática. La normalización de la enfermedad, el sufrimiento, las pérdidas y la muerte en la educación contribuye a esa formación integral de la persona. Por no poder eludir la certeza de un final desconocido, la muerte se erige como pregunta vital. El límite de la muerte cuestiona el sentido de toda la vida. Estas reflexiones no son nuevas. La muerte ha sido, es y será un tema perenne sobre el que el hombre se ha cuestionado desde sus orígenes, lo que sí pudiera ser nuevo es llevarlo al campo de la educación de una manera laica y normalizada en un momento sociohistórico donde se enaltece lo joven, el éxito y el confort y, en consecuencia se rechaza la vejez, el sufrimiento y el morir. Cultivar sólo una de las caras de la vida está teniendo resultados poco favorables para el ser humano y para el planeta que habita. Quizás educar en la vida y en la muerte pueda hacer una pequeña, pero importante, contribución a ese desequilibrio, considerando que el valor de una cultura se verifica en sus actitudes ante la vida y, como corolario, ante la muerte. Si no la relegamos, encontramos la muerte en las actividades espontáneas e intereses naturales de los niños: juegos, curiosidades, preguntas, momentos significativos, etc. Citamos algunos de sus comentarios y conversaciones: “Mi abuelo vive en el cielo y mi abuela en Valladolid”; “¿Verdad que si te mueres y te pasan miles de años por encima te vuelves piedra fósil?” “Creo que mi señorita se ha muerto porque hace mucho tiempo que no la veo”, etc. Si la educación es formación, poder hablar de la enfermedad, de las pérdidas y de la muerte en las escuelas y en las familias es proveerles de una perspectiva más cierta e intensa de la vida, es dotarles de recursos existenciales para cuando suceden las “pequeñas muertes”: divorcios, cambios de domicilio, ciudad o país, fallo de la salud, decepción amorosa, fracaso escolar, etc. Se trata de normalizar, es decir, facilitar el espacio para que los alumnos se expresen en momentos de sufrimiento, dolor o fracaso. Con respeto y cuidado, con sinceridad y honestidad permitiendo la expresión y el hecho de compartirlo, les garantiza un espacio cálido y seguro para que elabore lo sucedido según su madurez sintiéndose acompañado. Desde esta perspectiva ante los diferentes comentarios de los niños intentaremos no evadir, ignorar, censurar ni descalificar cualquier manifestación emocional, existencial o trascendental del niño. Cualquier situación es más llevadera para el niño si sabe lo que está pasando y no tiene que recurrir a su imaginación y fantasía para deducirlo. No saber le hace sentirse inseguro y fuera de juego. “¿Por qué no cuentan conmigo? ¿Qué está pasando?...” Mientras estas cábalas circulan por su cabeza, los adultos van tomando sus propias decisiones ignorando qué puede estar sintiendo y sin contar con él. “Es mejor que no le digamos nada para que no sufra” o sentencias similares esconden el egoísmo y la autoprotección de los adultos por la dificultad que presuponen de tener que explicarle una situación de sufrimiento, separación, enfermedad o muerte. Tanto peor que ese silencio que oculta, son las mentiras que les contamos para hacer del mundo un lugar amigable y hacer de la vida un recorrido apacible y sin problemas. El mundo a veces es así y a veces es tremendamente injusto y sin sentido; la vida es un recorrido lleno de alegrías y también de llantos, ausencias, fracasos, expectativas no cumplidas, etc. a las que más tarde o más temprano cualquier persona va a tener que enfrentarse. La "Educación para la muerte" presenta la ventaja de conducir a la persona a asumir sus propias limitaciones. Se asienta en la doble necesidad profunda y perenne del ser humano de superar sus miedos y de crecer interiormente. En el momento histórico que vivimos se ha llegado a situaciones muy extremas de desigualdad y violencia. Aprovechemos este aparente desmoronamiento para lanzar propuestas y acciones que reedifiquen este mundo desde otras bases: El respeto, el amor y el compromiso. Una de esas propuestas es no desterrar el sufrimiento, las pérdidas y la muerte de las escuelas ni de la sociedad, darles el espacio digno que se merecen como condicionantes de nuestra vida para enriquecernos y fortalecernos moralmente, para no sentirnos solos y desorientados, para adquirir una solidez intelectual, vital y emocional que nos permita afrontar retos, desafíos, desengaños, pérdidas,...para mantener siempre ese espíritu crítico, indagador y buscador que tienen los niños.

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